lunes, 24 de agosto de 2009

El botellón debe morir

Me atrevo con este título posiblemente porque fui straight edge y algo queda, aunque me duele hacerlo y no sólo porque últimamente he sido otro alcohólico social fiestero, sino porque el botellón, como experiencia social al aire libre no tiene precio. Pero quizá se ha convertido en otra moda estúpida más. Al menos donde vivo. Ayer me comentaba también sus ideas al respecto mi hermano, gerente de un bar de copas, y tenía bastante razón. Los jóvenes del botellón de ahora se quejan de que las copas en un bar son muy caras, pero llevan playeros de marca, ropa de marca, complementos chulos, tod@s van maqueados al botellón, como a otra discoteca más. Cuando nosotros treintañeros, pioneros del botellón, empezamos esta costumbre, muchos comprábamos (y aún compramos) nuestras zapatillas deportivas en el mercadillo o las rebajas de liquidación. Pocos llevaban marca. El botellón de ahora consiste en botellas de whisky, vodka, etc, con coca cola y fanta. El nuestro era vino don simón o más barato y cola supernova o blurps. Nosotros sí lo hacíamos porque nos resultaba caro un bar.

En nuestro botellón había al menos tres perfiles principales: los que no nos gustaba la música de los bares y retrasábamos nuestra asistencia lo más posible, los que no teníamos pasta para emborracharnos en una barra atendida por camarer@s, y los que tenían tanto aguante bebiendo que lo que pudieran pagar en las barras no sería suficiente. No solía sobrarnos la bebida que comprábamos, no quedaban botellas casi llenas de whisky tiradas entre toda la basura de un aún no masificado botellón. El whisky lo dejábamos para días especiales. Lo normal era el calimocho. Aún hoy, con mis 80 kilos y casi 33 años, por lo que a mí respecta no siempre necesito disponer de una botella entera de licor para mí para proporcionarme una borrachera, especialmente si hago deporte o hace tiempo que no bebo. Así que el botellón como costumbre no me parece tan necesario. Prefiero una copa o una cerveza puesta por una mano humana en un local con buena música y tomármela con calma, sabiendo que su envase no acabará en cualquier lado. Es mucho más tranquilo, y se agradece en estas tierras donde el invierno es duro y el aire libre un poco huraño.

El botellón que yo conozco no es una alternativa a los bares. Es la misma tontería y otra moda en otro sitio. Eso sí, con más libertad para emobrracharse hasta las orejas y no enterarse de nada sin que un camarero te eche del bar o te niegue servirte, y más libertad para dejar todo lleno de mierda -lo cual duele especialmente en mi pueblo porque el botellón se hace junto a la ría y mucha de esa basura cae al lecho-. No es un lugar donde se planteen cosas con más proyección que en otro sitio. La juventud sigue aburrida. El alcohol nunca ha sido la solución a estilos de vida sosos y repetitivos, aunque a veces ayuda a divertirse o a romper la sinapsis; no estimula la creatividad. Todo el paripé de sub 28 que hay en un botellón de más de 100 o 200 personas no representa necesariamente que se esté viviendo de una forma alternativa, o pensando en cambiar la rutina con algo creativo e interesante.

Podría comentar el pensamiento que tuve hace un rato mirando las escaleras de un parque, que siempre son lugares bonitos para reunirse y relajarse. Esas escaleras desaparecerán si en ellas se fuman porros o se consumen cosas malas de verdad. Pero no desaparecerá el aburrimiento y se irá a dentro de las casas privadas, o a las playas, o a donde sea. El aburrimiento es como la niebla. Y no siempre es culpa de los mayores. La juventud actual está tan aturdida con información que no saben qué hacer. Los que seguimos siendo punks seguimos dándonos cuenta.

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