jueves, 14 de mayo de 2009
Todo es mentira.
Hace un tiempo, un amigo de un amigo, colocado aquél de cocaína, interrumpió e invadió la conversación, colonizándola por completo. Como daba la impresión de que se puede decir cualquier cosa, en cuanto pude expresé mi molestia comentando de forma ambigua que en los 90 no nos metíamos cocaína pero que estaban de moda los alucinógenos y más tarde las pastillas -que no llegué a probar-, y que parecía que las drogas siguen más o menos un patrón de modas generacionales que probablemente dependan de dos factores: que una generación se harte de una droga de tanto ver sus malos efectos, y que alguna que otra mafia tenga un proyecto o visión de producción al que desean darle salida. Me costó caro el comentario porque el interlocutor con ansias de conquista -como todo consumidor de coca- se indignó y dedicó los siguientes cinco o diez minutos a aburacharme de diferentes maneras, que tragué estoico como un budista porque no había nada más que hacer, y al llegar a casa escribí un post sobre lo molesto que me resulta soportar a menudo a los consumidores de orgullo en polvo.
Gran parte de las modas funcionan de forma similar a la venta de drogas, convirtiéndo en constante cultural temporal iniciativas comerciales particulares, gracias a diversos sistemas de marketing y difusión. Alguien tiene un producto, un proyecto, más o menos surgido o bien de un sueño personal o bien de mero mercantilismo, y en gran medida depende de sus medios el tener éxito o no. Dinero llama a dinero. Por ejemplo, tanto en ropa como en pinturas de otros usos, algunos colores están de moda porque un fabricante dispuso de una gran cantidad de pintura o tinte de ese color -porque ese año en tal país pobre no hubo problemas para conseguirlo quizá- y lo va a colocar donde sea. Cuando se termine se acabó la moda. Por ejemplo en la moda de la ropa siempre me choca cuando en la televisión o las revistas se comenta "esto es lo que se va a llevar". Ni los astrólogos del horóscopo ni los hombres del tiempo tienen tanta exactitud en sus pronósticos. Lo gracioso es que al final muchas veces aciertan ¿Cómo saben que la mayoría de la gente lo va a comprar? Lo cierto es que en una gran parte de los casos la cuestión está en simplemente llegar a todas partes antes que los demás, como la coca cola. Y como decía la canción, "si en Londres les pica un huevo, aquí todo el mundo se rasca", así que cuando un papa de la moda dice qué se va a llevar, todo el mundo le copia, y finalmente la mayoría de consumidores eso es lo que encontraran en las tiendas. Es como los peces de ría, que vagan sin rumbo siguiendo al primero que se mueva. Tiene gracia que en varios paises la elegancia tenga que tener los mismos estándares, como si se hubiera encontrado la verdad universal.
El caso de la música ya lo hemos comprendido casi todos. Operación Triunfo es la confesión oficial de la industria discográfica. No se trata sólo de cantar bien, sino de cuánto dinero y equipo humano adjunto quieren poner a tu alrededor, para moldearte hasta que merezca la pena pagar una campaña publicitaria, con la que rentabilizar la organizaciónd de actuaciones sólo en sitios de gran aforo. Y el mérito aparente será de la carita y la voz de "la estrella", que atrae la emocionalidad del público con canciones y textos de temas recurrentes, escritas por otra persona. Es lo normal en una sociedad en que se supone que la mayoría de la gente no sabe que hacer música está relativamente chupado. Es un paripé, un espectáculo de magia. Que el disco conste de un par de decenas de canciones como cualquier disco es lo de menos. Músicos de sesión, focos, grandes cantidades de vatios de sonido, buenos técnicos, bailarines, compositores... no se vende un disco, ni un cantante: se vende un gran show fabricado en serie y en cadena. No son proyectos artísticos organizados por una convergencia de inquietudes, sino de estándares, y el cantante es otro obrerito especialista más. Es normal que algunos llamen a todo eso "este negocio". Se vende una ilusión de una especie de movimiento cultural espontáneo, que los hijos del punk y del hip hop sabemos que no es real. Igual que con las tendencias del vestir, en la publicidad musical existe la cargante costumbre de anunciar un disco o una canción llamándolo "el nuevo éxito" incluso antes de que llegue a las tiendas. También se repite el caso del "proceso coca-cola" o de la pintura en grandes cantidades, y el disco se va a vender, porque los djs de las radios ni pinchan ni cortan, y van a poner la lista de éxitos predefinidos por contrato todos los días hasta que te acostumbres. Actualmente, es sabiduría popular tener en cuenta que la mayoría de los músicos no son "grandes artistas" (=éxito de ventas) sólo por su propio esfuerzo, talento y tesón, o por su "saber llegar a la gente" -ya que su música en muchos casos no representa nada; en el mejor de los casos es una copia comercial de formas verdaderamente artísticas cuya fama no es tan opulenta, introducida por sus arreglistas de forma interesada, o bien por deseo genuino pero con la cabeza gacha ante las exigencias del mercado-, el éxito más bien por el empeño el de sus mánagers, productores, publicistas y toda una cadena de gente interesada en ganar mucha pasta convenciendo con el producto. Esto es un tema que, por haberlo dicho tantas veces, puede sonar hasta trivial, pero resumiéndolo a una frase es bastante humillante: nuestra cultura musical colectiva es tan falsa como la política. Me gustaría salir a la calle y al escuchar unas notas poder creer en ellas. Pero no me suele ocurrir, así de punk soy. Como enseñaba Buda, fama y dinero son mera vanidad. Es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que el que un superventas entre en el reino de los cielos.
Me acuerdo una vez que salía una modelo en la tele y se estaba comentando que era muy guapa y tal y cual. A mí no me gustaba, y lo dije, y uno que tengo cerca que a veces es un borde infumable me suelta "es que tú tienes el gusto en el culo". Pero ¿por qué tengo que pensar igual que los demás? Esa mujer sigue sin gustarme.
La difusión de algo hasta convertirlo en mérito cultural en definitiva es cuestión a veces de dinero más que de otra cosa. En los 90 sólo los pijos que no podían dejar ni un minuto el trabajo tenían teléfono móvil. Mucho alucinábamos en mi pueblo cuando veíamos un teléfono con coche, porque algunos no lo teníamos ni en la casa. En algún momento los accionistas de las compañías telefónicas y los laboratorios tecnológicos pensaron que podían poner de moda el emocionalismo de poder hablar con quien quieras cuando quieras, incluso cuando no quieras, quizá inspirados por la facilidad de obtener coltán para los microchips en países hambrientos y en guerra, o quizá esa idea se les ocurrió después. En los 90 también sólo esos pijos que fabrican el consumo y a los que conviene más que a nadie la existencia de modas, eran los que se metían coca. Una cosa curiosa que podemos comparar es la estética social y la droga que se consume. Por ejemplo en los 60 los hippies son famosos por su uso de alucinógenos y marihuana. Actualmente en las portadas y carteles de muchos grupos, lo mismo de rap, de punk, metal, que electropop, es fácil encontrar una foto con una pose orgullosa con la barbilla levantada. Actualmente la droga que más está de moda, aparte del siemprevivo alcohol, quizá es la cocaína. Aunque no todos los orgullosos son / somos cocainómanos. Parece un intercambio, una simbiosis de mensajes estéticos. Como sugería en el primer párrafo, yo creo que la droga se vende simplemente porque se tiene que vender, y si no es una es otra. Mientras haya frustración y/o deseo de atajos para una diversa gama de sensaciones placenteras, existirán el uso y el abuso de sustancias. Si no es el alcohol, es la marihuana, si no los alucinógenos, o la cocaína, o la ketamina o el MDMA, o una mezcla de varias. El caso es que cuando hay producción parece que se hace a gran escala, como todo lo fabricado en serie para forrarse a base de bien y rápido, y sólo una mayoría de consecuencias nefastas o hastío general hacen que una droga deje de estar de moda... para dar paso a otra.
En los deportes, si bien no ocurre tanta prebafricación, si existen unos cauces que limitan ciertas oportunidades. Por ejemplo, si todos los equipos de fútbol tuviesen el mismo presupuesto que el BarÇa o el Madrid quizá algunas cosas fuesen diferentes. O la relativa igualdad de condiciones de los especialistas olímpicos de países que se pueden permitir tenerles a sueldo para disfrute de una mayoría pasiva, comparada con atletas de países menos afortunados cuya forma física es verdaderamente genuina, e incluso a veces entrenada en parte con duros trabajos con que ganarse el pan. La Fórmula 1 -que no me parece mal pero que no me gusta ni su ruido, ni su contaminación, ni su pijerío, ni las hirientes vallas gigantes de publicidad- me recuerda a las carreras de cuádrigas en la antigua roma: había que tener dinero o un patrocinador para poder competir, porque mantener el carro, los caballos, etc, y tener tiempo para practicar, y competir en la gran arena pública, ya entonces requería pasta. En el surf ocurre parecido. Alguna vez se ha dicho que probablemente los mejores surfers del mundo viven en Tahití, entrando anónimamente en olas aberrantes al salir del trabajo, pero la industria no está asentada allí. Yo conozco a gente que podrían haber sido gandes profesionales del skate si se fuesen a vivir a los EEUU, o a músicos que otro gallo les cantaría en Londres, Suecia, Finlandia, o tocando esa música de mierda que sacan en la tele. De hecho tengo amigos de mi municipio que están tocando por toda España, o que se fueron a vivir a Madrid y allí ficharon con grupos famosos, o en Barcelona participando en un sinfín de cosas y festivales. Definitivamente no puedes creer siempre a los mayores ni a tus hermanos ni vecinos cuando desprecien tu talento incipiente. Si sientes que tienes que hacerlo, hazlo.
Y hazlo, por favor, porque una sociedad sostenible tendría que basarse en producciones y consumo lo más locales posibles. Porque el ser humano es así, nuestro funcionamiento de adaptación al medio es igual a otros primates, y necesitamos reconocer nuestro territorio para expresarnos y disfrutar al máximo de él. Tanto en arte y cultura como en producción de otras cuestiones de necesidad alimenticia, educacional, etc, todo debería ser lo mejor posible en el lugar en que vives. Si no miramos bien a nuestro alrededor, otro que se cree más listo vendrá desde lejos en un jet privado en cuanto nos vea de qué pie cojeamos y nos venderá cualquier mierda que cambiará nuestras vidas, pero estaremos tan ocupados currando para pagarle la deuda que no tendremos tiempo para saber si ha sido a mejor o a peor.
Hazlo tú mismo.
Teniendo en cuenta que lo que os acabo de comentar a mí ya me parece lamentable de por sí, aunque se traten de campos que podrían ser triviales -siempre que fuésemos máquinas temerosas de Dios sin deseos y con disciplina de la antigua Esparta-, lo malo de esto es que el fariseísmo es en realidad una práctica cultural que se extiende a casi todos los campos de lo público. Lo público casi siempre es una farsa, un pastiche para salir del paso. Ya lo decía Guy Debord cuando definió "la sociedad del espectáculo" o Jean Baudrillard en su libro en que explica la diferencia entre "Cultura y simulacro".
Quizá los tres peores ámbitos en que el triunfo de lo posiblemente falso son más devastadores y tristes sean en la publicidad, el periodismo y la política.
La publicidad es aparentemente trivial e inocente y debe serlo porque son iniciativas privadas, aunque representa un gran porcentaje de la información que mucha gente tiene sobre tecnología, música, alimentación, moda, higiene, cine, etc. Vamos, que es la referencia más recurrida pero la más inexacta, y es un campo dominado por quien más pague, ahí no hay nada que hacer. No se presenta como salvadora, aunque lo sugiera; no pretende dar directrices, aunque lo haga; no se supone que deba dar la definición del mundo actual, aunque lo haga... La publicidad es toda la información que posee mucha gente sobre muchas cosas, y la verdad de la buena es que la mayor parte de las empresas que encargan el diseño de anuncios a mis colegas que han cursado estudios artísticos -que de algo tienen que comer, y que saben mejor cómo llegar a la gente que esos capuyos trajeados podridos de pasta-, esas multinacionales de refrescos, combustibles, coches, ropa, inmobiliarias, bancos, cosméticos, joyas, etc., están vendiendo productos conseguidos gracias a la explotación de trabajadores en países sin derechos sindicales, utilizando métodos de fabricación y transporte altamente contaminantes, ocupando el mercado de forma hostil contra otros competidores que luego absorben, timando a pequeños países con exigencias absurdas (como Nestlé, la empresa de comida más grande del mundo, exigiendo a la hambrienta Etiopía el pago de una deuda con una antigua empresa que Nestlé compró) o aprovechándose de sus conflictos y problemas, experimentación con animales vivos, presión sobre la legislación de países (como Siemens, empresa que por cierto creció gracias a la colaboración con los nazis, que en la útlima década consiguió que el gobierno alemán paralizara una ley ya consensuada bajo amenazas de destruir miles de empleos), y así nos podríamos pasar el día, contando las andanzas de la cadena de ejecutivos en la que se diluyen las responsabilidades que están jodiendo el mundo cada día. El otro lado de la balanza está vacío de información seria sobre cómo se obtienen tus ropas, tus alimentos, tus plásticos, tus zapatillas, tus microchips, tu madera y papel, tus medicinas, etc, etc. Así que, como mínimo, la publicidad es a la educación sobre consumo y economía lo que el porno a la educación sexual y afectiva. Cuando a alguien le comentas la verdad sobre el asunto le aburres, eres "uno de esos".
En el periodismo la mentira tiene diversas gradaciones. Ya no es tan habitual la mentira cochina, porque es más difícil que antes colarla debido a la abundancia de medios y canales. En su lugar ahora se lleva la interpretación tendenciosa, que cualquiera puede comparar comprándose dos diarios de ideologías contrapuestas para leer la misma noticia, o lo que debería ser la misma. Pero sin entrar al asunto de la ética de las formas periodísticas, en general las noticias también van por modas. Los telediarios intentan ser moderadamente sensacionalistas. Se centran en el tema de moda, o lo inventan, y durante varios días dan al público su dosis. Por cierto, a mí me duele en el alma que haya noticias sobre las estrellas de hollywood o los superventas de la canción, y de fútbol y a veces hasta de deportes, cuando debería haber mejores programas para todas esas cosas. Pero sin embargo no hay noticias sobre cómo funciona el mundo realmente. Sólo cuando algo se convierte en suceso trágico o en fenómeno temporal de masas es noticia. Los periodistas por lo visto tampoco son los responsables de explicarnos cómo es el mundo, sólo de informarnos cómo van algunos asuntos, aparentemente aquellos que podemos entender, porque se parecen a "lo que los telediarios suelen contar". Por ejemplo el tema de la deuda de Etiopía a Nestlé, o el apoyo de la multinacional Shell al antiguo apartheid de Sudáfrica, o el asesinato de campesinos e indígenas a manos de empleados de las plantas papeleras que devastan la selva, ¿habrá sido realmente cierto o relevante, o será otra de esas cosas que decimos los que somos "uno de esos"? Contar una noticia como realmente es, a veces es recibido como un análisis profundo, así que no entra en el telediario, sino en la sección de opinión, en los medios llamados contrainformativos, o en raros programas de análisis. Lo mismo que le pasa a la política: a menudo se confunde hablar moderadamente con hablar superficialmente.
La política sí que es la monda lironda. Ya lo decía mi abuelo, la política es la cosa más asquerosa que hay. Como punto de partida, que quede claro que considero difícil de creer que una política en la que los ciudadanos participan de forma vinculante sólo durante un minuto cada cuatro años, no puede estar hablando en serio cuando se hace llamar a sí misma democracia. Yo lo comparo a tener una relación de pareja en que sólo hay un beso y un roce cada cuatro años, y llamar a eso vida sexual. Dejando aparte que el sistema es una estafa, buena razón tuvo quien dijo que la política consiste en el relevo de un grupo de personas por otro que han convencido al público de que arreglarán lo que sus predecesores estropearon, y mientras tanto crearán nuevos problemas que sus sucesores prometerán solucionar, y así sucesivamente. Y durante el proceso, cuando la manía a simular realidades y a ocultar verdades aparece en la política, todo el mundo está perdido. Hasta cierto punto, que eso pase en la música a mucha gente se la suda, que ocurra en el fútbol es tolerable siempre que el equipo gane, etc... Pero cuando la hipocresía y la ineficacia espiritual son tan normales terminan volviéndose contra nosotros, y esos especialistas a los que hemos votado también tienen ese defecto. Y ahí ya estamos todos jodidos. La política, no sé si más o menos como otros ámbitos de la vida, está plagada de trepas que buscan un trabajo de renombre, de hipócritas que tienen un miedo patológico a fusionar su punto de vista con el de sus enemigos, de altaneros que sólo entienden de papeleos y de relaciones de despacho pero que el mundo parece resbalarles, y en general de toda clase de pecadores y vagos a los que pagamos el sueldo de una estrella del rock.
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