Yo también soy de los que piensan que a veces todo va demasiado rápido, con la tecnología, el consumo, etc. No soy, sin embargo, de los que dicen que nada de eso es bueno o útil. Pero todo tiene matices, no hay que ser extremista, y fliparlo sin límites con las bondades de la tecnología o lo desarrollada que parece una cultura por poseerla tampoco debe ser del todo mentalmente sano.
El otro día compré un portátil nuevo. Por supuesto presencia de molestos y apestosos problemas del Windows vista –que yo no quería comprar pero no me lo vendían sin él-, que manda huevos la primera semana. Me da la sensación de que Bill Gates se está llevando la poca pasta que tengo por hacerme la puñeta.
He tenido que pagar por ser víctima de la estandarización a mi pesar. Me hubiese salido más barato con un disco duro de 40GB en lugar del de 160 que trae, ya que tengo una bonita unidad externa de 750GB, que compré porque mi ordenador “viejo” tenía poca ROM. Pero no, estos chismes se venden así, y te aguantas. Iba a comprar sólo una CPU o piezas, pero también necesito espacio en mi lugar de trabajo, y además el portátil se puede llevar a casa del cliente para presentaciones, o a trabajar a cualquier sitio o con otra gente; aparte de que mi pantalla de tubo no definía del todo los colores, y emitía unas frecuencias electromagnéticas que cuando grabo música con una guitarra eléctrica se convierten en ruidos raros –y no quiero pensar si son del todo sanas-. Escogí el aparato más barato y potente que pude encontrar, lo que se dice una óptima relación calidad precio, al que le aumenté la RAM a 3GB, con lo que es un buen pirulo después de todo. Una pena que sea un siempre renqueante PC y no MAC, en fin, paciencia, por ese precio olvídate. Viendo los catálogos de las tiendas de tecnología me suelo preguntar cuánta gente se gasta tanto dinero en cacharros que en la mayoría de los casos no son para fines profesionales. Que si más RAM, que si más ROM, que si mira que tarjeta (mucha veces sólo pa ver películas o lo vídeos y fotos de familia), que si supermegasystem y rayoláser supertrónico. El que se lo pueda permitir, qué suerte. Para usos más potentes como los míos, me gustaría tener el bicho más cañero posible, pero ahora no me llega la pasta. De todos modos me gusta simplificar, y ojalá que este bichejo en el que estoy escribiendo esto me durase y sirviese 15 o 20 años. No va a poder ser, seguramente, ya que ahora no se fabrican las cosas como
antes; aquellos radiocassetes, televisiones, tocadiscos, que duraban más de diez años, ahora sólo se consiguen en las altas gamas profesionales, aunque eso sí, un tocadiscos no necesita actualizaciones ni antivirus. Los reproductores de CD parecen una broma, tanto avance y tanta vaina y se estropean echando leches. Todo está hecho de tal manera que no dura 6 años. De todas formas, se iba a quedar obsoleto; más que por utilidad, por competición con otros usuarios, todo ello aderezado por la costumbre mercaderista de la obsolescencia programada y la alienación del progreso justificada con el consumo como motor de la economía; aunque eso de la obsolescencia es muy relativo.
En Jamaica, un país con una de las industrias musicales más activas del mundo, siguen usando prensadoras de vinilos de los años 50. Y no son unos cutres. En Jamaica tienen, desde hace décadas, algunos de los mejores métodos y conceptos de producción profesional de sonido musical de estudio que existen. Luego en la prensa, algunos vinilos salen mal, en la pegatina o la forma, –y los puedes conseguir a buen precio por ello- pero un vinilo jamaicano bien hecho suele sonar de verdadero vicio, y siguen planchando. La cuestión no es tanto qué moderno es tu material, sino qué haces con ello. Cualquiera debería saber que cuanto más tiempo llevas con una labor o un método mejor lo haces y más partido le sacas. Yo necesito esa relación espacio temporal con mis métodos y herramientas. La concentración más profunda y amplia es más lenta que la comida rápida del trabajo mental superficial. No me importaría seguir usando esta versión del Word 2003 dentro de 20 años. Va de lujo. Me marea tener que estar todo el día aprendiendo programas nuevos, instalar, configurar, encontrar errores, patatín, patatán…A ver, yo lo que quiero es trabajar de una forma limpia, no andar frenando cada dos por tres y sentirme un aprendiz ignorante cuando podría estar sacando algo útil. No me da tiempo a estar con las últimas actualizaciones de todo. Ni quiero, me cansa.
Yo quiero trabajar de forma fluida. Y como en todo, eso se consigue con dinero, no es nuevo. Con una guitarra de 100 euros puedes tocar, con un poco de suerte está bien hecha y te cunde años, pero normalmente por ese precio puede llegar un momento en que no avanzas, el sonido no es limpio, los trastes están mal calibrados, la madera no vibra bien, las clavijas no tienen tensión, los materiales eléctricos son baratos y de mala calidad…llega un momento en que no se puede ahorrar en exceso. Hay un consejo de músicos que es “cómprate el mejor instrumento que te puedas pagar”. Es así. Pero luego está el ojo de cada uno, y dando algunas vueltas puedes conseguir sacarle partido a un material aparentemente mediocre con algunos ajustes. En realidad esto es muy común entre los músicos de rock. En música hay muchísimas más marcas y gamas que en tecnología informática, muchísimas gamas de precios. En algunos casos roza la extravagancia, el exceso y el delirio, o en el otro extremo la tacañería proverbial de los departamentos de producción. En los últimos 10 años las guitarras de gamas bajas han bajado el precio y la calidad de una forma inquietante. Lo del precio está bien porque ahora hay más gente tocando, pero lo de la calidad pues es un poco putada.
Yo suelo pensarme muy bien qué comprar, porque no quiero tener que cambiarlo cada dos por tres. Me parece un moneo de puta madre eso de “actualizarse”. Por mí que las empresas de tecnología dejen de inventar 10 años, que lo que conozco me parece la bomba y no me ha dado tiempo a explotarlo, ni siquiera a explorarlo. En esos diez años podrían dedicarse a cambiar el chip de la cantidad por el de la calidad. Podrían fabricar las cosas mejor, que no se cuelguen, que no se estropeen, que no den errores que no hay (¿tienen imaginación o esquizofrenia los ordenadores?), que duren unos cuantos años, que se pueda reciclar, que no haya que contaminar o provocar conflictos en países para fabricar con materiales como el coltan. Que no haya que despedir a 5000 personas en Microsoft porque la empresa líder del sector, propiedad del hombre más rico del mundo y uno de los más inteligentes, tiene miedo de la crisis.
A veces debido a todo esto, en lugar de pensarme mucho lo que compro, hago un par de preguntas y le doy al play, que no quiero pasarme el día aprendiéndome catálogos, leyendo características que muchas veces no entiendo, escuchando explicaciones de vendedores –a los que procuro no molestar con una indecisión más de todas las que tendrán que aguantar, y que a lo mejor lo que quieren es venderme la moto, cuando yo lo que quiero es una furgoneta-.
A veces me pregunto para qué quiero tanta tecnología. En algunos casos no la estoy aprovechando bien, no estoy produciendo lo que planeo, y me bajo música y vídeos, gran parte de los cuales no me da tiempo a escuchar o ver. Lo que se llama síndrome digital de Diógenes. Tengo mucha mierda acumulada, aunque esa es una peculiaridad mía que viene de antiguo –no es del todo mala, tiene que ver con experimentos artísticos también-. Creo que vivimos demasiado fascinados por todo este boom de las posibilidades digitales. Creo que el sonido analógico podría ser tanto o más eficaz –en muchos casos ya lo es- que el digital, si la investigación fuese tan potenciada como en lo digital. Supongo que aquí también entran otros factores, como el coste de materiales, etc. Pero todo tiene mucho que ver en el fondo con la producción en serie y la expansión de mercados. El mundo consumista no sigue las sanas costumbres de la comunicación, trueque y reciclaje entre vecinos; en el mundo del consumo digital todo es nuevo, novedoso, actualizado, de última generación. En nuestra sociedad, ¿quién será el Diógenes que guarde toda la mierda que las penúltimas generaciones significan? ¡Se instituirá, o simplemente se seguirá llamando “basura”?
A veces me pregunto si la peña que es más joven que yo está demasiado flipada con todo esto. Mi generación llegó a la edad adulta sin móvil ni Internet. De niños jugábamos en ordenadores de 64 y 128 K en los que se esperaba entre 5 y 10 minutos a que un juego cargase desde un reproductor de casete para ser ejecutado en 8bit en cuatro colores. Fuimos la punta de lanza de todo esto, pero aún estábamos “a salvo”. Creo que mucha gente aún no se ha dado cuenta del potencial de la tecnología y sólo se dejan llevar por ella, no la manejan. Empiezo pronto a decir aquello de “en mis tiempos no había….deberíais estar agradecidos y aprovechar….”. Poco a poco los grupos de música de chavales se dan cuenta de que pueden grabar un disco con sonido casi profesional o profesional con lo que tienen en casa o pueden comprar en la tienda. Hace 12 años no era así ni de broma. Algunas grabaciones caseras hechas a lo pijo que he escuchado en los últimos meses suenan muy bien, y otras más curradas, mejor que algunos discos de estudio de los años 90. Alguna gente se va dando cuenta pero otros aún van despacio –menos mal que hay natural calma, por otro lado-, quizá porque no son conscientes de la diferencia al no haberse visto enfrascados en necesidades técnicas en la situación inmediatamente anterior.
La persona que la grabó admite que la mezcla no está bien hecha -por lo cual tb se notan los defectos de los músicos; defectos, no carencias-. Pero si no te lo dicen y no lo comparas con discos multimillonarios, no está nada mal como comienzo.
Así que, con todo lo que tenemos, creo que podríamos sacarle el partido que buscamos. Esto no es un alegato ni a favor ni en contra del avance de la tecnología. Es un pensamiento para librarme de la prisa. A veces pienso que los ordenadores, en lugar de facilitarnos las tareas –que lo hacen- lo que hacen es por un lado, crearnos más dependencias y focos de atención, dispersándonos, y por otro lado han acelerado el concepto de resultados de tal manera que ciertos trazos de la libertad han quedado desdibujados, y se ha marcado más la competitividad en cosas que nunca creímos que necesitaríamos que fuesen tan rápidas. Es decir en vez de ahorrarnos trabajo nos dan más trabajo –eso añádeselo al trabajo de actualizarse de vez en cuando-. Me gustaría que pudiésemos usar los cacharros que tenemos, yo, mis amigos y vecinos, para mejorar la vida que queríamos tener antes de ser absorbidos por el moco gigante del consumo sin parada. Como hacen los que todavía reciben el nombre de pobres: sacar partido a las cosas manteniendo los pies en la tierra.

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