
El motivo por el que no escribo casi nunca directamente acerca de todas las cosas en las que creo, es por una parte un huida del proselitismo, y por otra el simple y doloroso conocimiento de vivir en una sociedad en la que conforme pasan los días me parece más difícil que el común de los vecinos crean en algo por lo que trazar efectivamente la vida; me refiero a fundamentos políticos y existencialistas sobre todo. En cambio esa guía práctica la ejercen por debajo pero con natural fuerza las necesidades económicas y burocráticas y los estereotipos, más que alguna fuerza o intención de pensamiento de raíz. Por casualidad o por torpeza la mayor parte del tiempo no he vivido rodeado de ecologistas radicales, educadores anarquistas, teólogos ateos, músicos sin límite ni miedo, personas sexualmente liberadas, hombres sin complejos, participantes culturales, creativos cotidianos, protectores de los débiles y defensores de la razón y la sensibilidad. Resumiendo, no todos mis amigos son lo que yo creo que debe ser un humano normal y despierto. Vivo, para mi constante descontento, en un mundo de tibieza violenta, de costumbres radicales no comprometedoras, de conocimientos superficiales... Todas ellas circunstancias que no hacen sin embargo más que desembocar en todas las discusiones apasionadas por tonterías y periferias de lo importante, porque estas formas de vivir son una trampa para la mente.
Cuando remataba la adolescencia creía en la fuerza de la razón y la verdad para cambiar la sociedad y encontraba sentido en propagar ideas, empezar discusiones, aconsejar al prójimo improvisadamente. Con el tiempo, lo infructuoso de intentar razonar con la gente convierte lo que sería natural en un tedio y en ganas de no buscarse problemas. Sigo creyendo en las mismas ideas, quizá mejoradas y refinadas, a pesar de haber ido más a su raíz, pero no puedo sino tener un comportamiento más moderado y paciente. La mayoría de la gente que he conocido no quiere razonar ni aprender ni mejorar. Como he dicho, son muy comunes las ideologías superficiales, incompletas y contradictorias, y las discusiones periféricas, en las cuales a menudo lo único que consigues es gastar energía inútilmente, por el poco interés analítico con que los vecinos acompañan su cerrazón, a veces ridículamente feroz. Soy de los que piensan que la educación al uso no nos ha enseñado a pensar.
Para mi desgracia y la de mis semejantes vivo rodeado de gente que considera normal pisar siempre a las arañas y cualquier otro inofensivo ser que con su pequeñez nos altere la sensibilidad. He visto coger el coche en un pueblo de 50 habitantes para recorrer 100 metros para tomar un café en las pausas de un trabajo sin estrés; he sido invitado muchas veces por jóvenes a ocupar una larga y aburrida tarde de buen tiempo recorriendo 500 metros en coche para tomar una copa, en lugar de vivir el paisaje privilegiado que tenemos donde vivo con un entretenido y sano paseo. Personas que ven normal comer carne muchas, muchas veces por semana aunque sepan las implicaciones negativas que eso tiene no sólo en salud y medio ambiente, sino también en política mundial y en economía casera (la ONU ha recomendado reducir el consumo de carne por esos motivos). Muchas personas no se toman el tiempo de vislumbrar si realmente deberían enseñar a los hijos con menor violencia y mayor seriedad. Tengo amigos a los que proponerles para sus proyectos enfoques distintos con vistas a mejoras que favorecerán su economía, bienestar y disfrute de la actividad, de una forma más ecológica, no sólo les entra por un oído y les sale por el otro, sino que les suena a chino. Jóvenes que parece que confunden la palabra mejor con imposible. Gente, en general, que muchas veces prefiere tener una vida de la que quejarse, que quejarse un poco para tener vida. No sé si los ejemplos que os he puesto os dicen algo. Estaba hablando que vivo rodeado de gente que no comprende un montón de creencias que para una minoría seria son naturales, una serie de creencias que he ido aprendiendo por medios underground y que me descubrieron más mundos que lo aprendido oficialment. Resumiendo y diciéndolo de otro modo, a veces parece que la ética sea una asignatura de relleno en la vida de muchas personas.
QUizá -espero- pueda ser un día tarde o temprano de nuevo un militante desatasacado, pero lo que no puedo ser de momento en ningún modo es ningún gurú de mis ideas y creencias. No puedo predicar en el desierto. Por dos motivos: uno es que mis conocimientos sobre la ética auténtica y responsable provienen, en muchos casos, más de la teoría y la meditación o de la práctica aislada, que de la experiencia cotidiana de un ambiente inspirador y comprometido. El otro es que no vale la pena, no hay con quien hablar, y conforme se va haciendo uno mayor, como acabo de identificarme con las palabras de Neil Young en una revista, le van cabreando cada vez menos cosas, como por ejemplo lo que hablen los demás. A veces me siento como las focas que ví esta tarde por la tele, descansando para ahorrar energía mientras a su alrededor miles de pingüinos caminan en masa parloteando sin parar. Mientras tanto, ocurren cosas, cambia el mundo a peor, aparecen señales de alerta y nadie se mueve.
miércoles, 8 de octubre de 2008
Vivir ¿en contra?
Etiquetas:
ecología,
el sistema es un estado mental,
pensamiento,
política,
pueblo,
punk
Publicado por
Jose García Carrera
en
02:31
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