lunes, 20 de octubre de 2008

La política está muerta...¿o engañada?


De un tiempo a acá se viene diciendo que el debate entre la derecha y la izquierda está quedando obsoleto. Anteriormente era política y ahora es un debate administrativo, como mucho en algunos casos ético y a veces sólo formal o estético. Pero es una discusión de política burguesa, porque ya no somos los pobres y ricos que fueron nuestros abuelos y tatarabuelos, cuando ese debate tomó forma definitiva tras varios siglos de indecisión. Ahora la mayor parte de los habitantes de los países occidentales es una clase indefinida entre la precariedad y el conformismo. Lógicamente nuestra discusión ya no es la misma que la de nuestros abuelos. Gracias a su esfuerzo, pero también por otro lado al de sus oponentes, nuestra vida ha cambiado. Y nuestras castas han pasado de oprimidos reales o potenciales, a opresores de segunda. La economía capitalista de la globalización ha desplazado los proletariados a países lejanos y más pobres, que se encuentran en un estado social peor, o cuando menos diferente, al que sirvió en Europa de primera huerta del capitalismo. La mayor parte de nosotros consumimos, sin saberlo, o sin tener alternativa aún sabiéndolo en algunos casos -en otros ignorando las que hay-, productos que han sido obtenidos mediante el trabajo penoso, los sueldos miserables, la destrucción de recursos y del medio ambiente, la hipoteca del futuro de naciones enteras, la extinción de culturas, y en algunos casos, la flagarante desestabilización social en busca de la oportunidad técnica para industrias sin escrúpulos, cuando no hablamos directamente de explotación infantil, asesinato de campesinos, manifestantes e indígenas, contaminación gratuita sin control, o patrocinio directo de dictadores o de guerrillas sin horizonte.



Lo curioso del caso, y nuestro mayor síntoma de conformismo, es que creemos que no tenemos más remedio que aceptar todo eso como parte de lo que ahora se llama "libertad" (que en realidad es consumo). Este error de enfoque nos ha sido provocado al mismo tiempo por la industria y por los gobiernos. La industria nos ofrece constantemente lo que llaman "progreso" pero en realidad sólo es un constante mercadeo de productos, mientras que los gobiernos, con su incapacidad para contener la influencia social internacional del capitalismo, nos condenan a leyes defectuosas y necesidades laborales y sociales que han perdido el norte y en casi todos los casos, directa o indirectamente, responden no más que a las exigencias de ese mercado, que nos amenaza con crisis si no lo alimentamos, desde abajo hacia arriba, construyendo para ello las ciudades que son, al mismo tiempo, nuestro supuesto refugio y también nuestra trampa. Este ritmo, además, en los últimos años se ha empezado a explicar cómo provoca un crecimiento de los males al sumarle el factor destrucción del medio ambiente y los recursos. Precisamente una de las pruebas de que las multinacionales ejercen su dictadura es que no es cierto que nuestro consumo ni nuestra industria tenga sólo un camino, el de la contaminación y el expolio, para seguir dándonos bienestar cotidiano. Sobre este punto ya comenté algo en otros posts y lo haré en los siguientes, y precisamente ese es el eje del cambio en la nueva forma de entender la política que necesitamos, no sólo en Occidente, sino en todo el mundo, ya que otros países están siendo arrastrados y absorbidos por las estructuras del mercado neoliberal causante de destrucción e injusticia. Ya existen toda una extensa serie de inventos científicos que echan por tierra la idea de que avance técnico para todos sea igual a necesidad de destrucción; que no estemos familiarizados con ellos no responde sino al deseo de los grandes negocios de frenar el avance del ingenio que haría desaparecer los monopolios, e incluso cambiar las condiciones del mundo.



Desde la extinción de especies a la contaminación de aguas y la deforestación, desde el hambre de africanos descalzos o las enfermedades de niños explotados en fábricas hasta nuestros agobios por llegar a fin de mes y nuestra creciente alerta por la delincuencia en las ciudades, todo son los daños colaterales de la estabilidad del mercado, que no viene a ser otra cosa que una jerarquía mundial, que no permite el acceso a su terreno interno de juego si no es por una ardua y también opresora competición. Nuestro conformismo radica en una omisión intelectual, en aceptar como intocable la existencia de islas de riqueza que crecen indefinidamente, demasiados niveles por encima de lo necesario, mientras la mayoría de la población del mundo sufre hambre, inseguridad, pisoteo de sus derechos y, en el mejor de los casos, pérdida de su cultura y mercadeo de su alma para formar parte del juego. Un juego, como os digo, que pretende ser la única solución a la vista, mientras la tristeza que genera nos impide ver y analizar que siempre estamos a un paso de ver que la mayor parte de los problemas son sólo equivocaciones en nuestra forma de aceptar nuestro presente.

El otro punto que da falaz vida al conformismo imperante es la creencia de que un comportamiento más ético significará una pérdida de ventajas. Sólo tenemos la referencia de nuestros abuelos, y creemos que seguir su ejemplo nos hará volver a sus tiempos. Pero como su debate político ya no es el nuestro, nuestro enfoque ya no puede ser el mismo. En el anterior párrafo ya sugerí cómo se desmonta esa expectativa falaz: una de las necesidades para lo que era y lo que quiere ser la izquierda ahora, es una abundancia de argumentos y recursos técnicos, que demuestren que la industria del expolio y la esquilmación ya no son necesarios. Esto no sólo puede cambiar nuestra expectativa ecológica, sino también nuestras motivaciones laborales, nuestro espacio cultural, y como consecuencia, dar forma a un nuevo estilo de pensamiento político. Mientras la mayoría de los occidentales ignoran las implicaciones políticas del ecologismo y los diseños propuestos por científicos comprometidos, el mercado sigue creando nuestros ritmos de vida, alimentado la ilusión de que las viejas discusiones sobre política son necesarias. Incluso el racismo, motivado por inseguridades económicas y culturales casi siempre, debería tender a desaparecer si el nuevo enfoque imperase.

Igual que el racismo, muchos enfoques completamente equivocados basados en la sensación de inseguridad forman el caleidoscópio de Occidente. Los conceptos de expansión y de aumento de la natalidad son algunos de ellos. Son ejemplos de pensamiento en el que el crecimiento del mercado es la ética dominante: caminos caros y equivocados, como viajar a la luna. Una vez asentada la revolución industrial en que la fabricación en serie permitió el acceso a sistemas ventajosos a la mayoría de la población occidental, hemos de pasar a la revolución de la eficiencia, en que con menos producción obtenemos más ventajas; en esto han estado trabajando numerosos científicos, pero a algunas industrias no les interesa. Nos encontramos en un momento egoísta e indolente de la industria: nos prometen coches medianamente ecológicos para dentro de unos años, pero los coches totalmente ecológicos ya existen. Al mismo tiempo practican oficialmente la obsolescencia programada de las últimas gamas para sustituirlas en un bienio por las nuevas: nuevas y novísimas gamas de productos con pequeñas diferencias. La obsolescencia programada, las modas, el usar y tirar, el envoltorio de ración individual, de alimentos basura, traídos desde centenares de kilómetros, en transportes a base de combustibles fósiles, comprados éstos a países con una mayoría de población pobre... ese es el lado oscuro de nuestro progreso, nuestro bienestar, nuestro mercado, nuestra estructuración laboral y social, y en definitiva, el juego que provoca el hambre, la destrucción del medio ambiente, los conflictos, la emigración, el racismo, y, por debajo, la sustitución de las ideas políticas por inquietudes económicas. Lo que debemos hacer es recuperar la sinceridad política, los enfoques radicales de fondo -no confundir radical con extremista, me aburre puntualizar esto-, y también tomar un enfoque económico, pero dándole la vuelta: volviendo a razonar nuestras necesidades, los medios en que hemos de confiar para resolverlas, y los efectos que queremos permitir que eso cause. De cualquier otra forma la política es una discusión deportiva periférica, cuando no está simplemente muerta. Si no consideramos como nuestra la libertad de decidir desde abajo cómo tiene que ser todo eso, nuestra libertad es la de perros amaestrados o aves enjauladas bien alimentadas.

Me entretendré sobre los puntos mencionados en los próximos posts.

1 comentarios:

  1. Me ha gustado mucho tu ultima serie de articulos sobre politica, se nota un analisis serio de la situacion y un cieto enfoque hacia posibles soluciones, pero mientras el poder en los diversos lugares del mundo sigan ostentándolo aquellos que solo se preocupan por intereses particulares y no generales será difícil cambiar las cosas.

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