martes, 10 de junio de 2008

Nuestro mundo funciona así

La mayoría de la gente no comprende que muchas de sus actitudes son inducidas por el ambiente. No me refiero al hecho de que todos somos seres culturales, sino al desconocimiento del significado de parte de la historia. La cuestión es que parte de los perfiles culturales lo son porque no queda más remedio, y generalmente porque las diferentes formas de los estamentos de poder lo quieren así. De no ser esto cierto, cosas como el hambre en el mundo no existirían. Las costumbres de consumo -el coche, la Tv, el móvil, el ordenador, las vacaciones...- son evidentemente fruto de un contexto histórico y político. La gente no sabe que en general las necesidades que les preocupan han sido inducidas por planes políticos planeados con décadas de antelación. Si esos planes estuvieran basados en principios sensatos radicales, otro gallo nos cantaría en el mundo. A lo mejor el 70% del agente era casi vegetariana sin saber por qué y les parecería raro comer carne todos los días. Es como lo de tener coche, consumir, etc etc. La peña piensa que es normal, pero es un "experimento" de los gobiernos.

Para explicar esto tengamos en cuenta una de las soluciones al hambre que se han propuesto. Desde los sectores ecologistas se defiende la idea de reducir el consumo de carne, por motivos de compasión, salud, y además económicos y de estabilidad internacional; para producir un gramo de carne son necesarios entre 7 y 10 gramos de alimento vegetal y agua. Si en lugar de producir carne esos recursos se dirigieran directamente al consumidor habría más excedente alimentario incluso del que ya hay. Las políticas agrarias y alimentarias internacionales deberían haber tenido esto en cuenta (resulta aún más chocante quizá si pensamos que los organismos internacionales de los que esperamos esas soluciones fueron creados en periodos de postguerra de las 2 Guerras Mundiales), deberían prever una transformación del mismo modo que emprenden acciones sobre la leche o el empleo agrario con décadas de antelación. Consumir carne muy a menudo es caro, puede acarrear riesgos para la salud, su producción y distribución es contaminante, y genera un gran flujo de recursos para sostener un tipo de consumo. No es necesario ser vegetariano 100% para solucionar esto. Lo cierto es que la mayoría de la gente ignora que una dieta baja en carnes puede ser completamente sana, lo digo por experiencia. Una dieta más sana no sólo es una moda, si no que debería ser una motivación social, política y existencial (otros motivos que ya contaré en otro momento). Creo que una intención auténtica de acabar con el hambre, las guerras y las crisis económicas en el mundo debería tener entre las intenciones principales la transformación del flujo de consumo de alimentos en este sentido.

Los organismos internacionales no cuentan con esta idea, del mismo modo que ahora estamos en peligro de que la producción de alimentos se convierta en comida para coches utilizando los biocombustibles para los motores de explosión. Este proyecto cínicamente ecologista no debería ser siquiera necesario desde que hace al menos 11 años que existen diseños de coches que apenas necesitan combustible, o diseños del años pasado de coches eléctricos que consumen 10 céntimos al día. Además, la anticipación de los organismos nacionales e internacionales debería contar con diseñar planes de urbanismo, economía, trabajo y producción que no dependan de un exceso de movimientos en transporte rodado ni contaminante. Los grupos ecologistas cuentan con científicos que llevan décadas ideando y mejorando las ideas que los gobiernos necesitan -incluso el protocolo de Kioto es defraudantemente tímido-.

La mayor parte de las rutinas, así como muchas costumbres de ocio y consumo, son, como la Historia del Arte, reflejo de un contexto político. Nuestras obligaciones y nuestras diversiones son las que podemos, las que nos dejan. Nuestros trabajos son para solucionar necesidades materiales, y nuestro ocio para solucionar necesidades interiores. Básicamente Occidente concibe su cultura como un gran esfuerzo por erradicar la pobreza, la enfermedad y el hambre de sus habitantes. Para ello hemos creado en el último siglo una gran estructura y un ritmo de funcionamiento. Hace varias décadas que esa estructura ah superado el límite de las necesidades y ahora trabajamos sólo para mantener la estructura, o quizá diría para engordarla. Pocos tenemos dedicada nuestra vida a vigilar que nuestra experiencia como seres humanos en la Naturaleza sea segura y gratificante, sino que nos preocupa que la maquinaria no nos coma: el paro, las deudas, la aceptación social, las noticias, la política...La experiencia occidental de la vida está completamente centrada en sí misma. LOs cambios políticos de los dos últimos siglos han reducido la proporción de proletariado pobre, pero más que a base de buscar un equilibrio (no ha desaparecido la distinción entre ricos y pobres), se ha expandido en tamaño: ahora los explotados bajo notorias diferencias están en otros países -Sudeste Asiático, Sudamérica, África- y esa explootación es la que mantiene el ritmo de la maquinaria. No ha sido del todo por la evolución social, que si llegase a su objetivo último permititía a los conciudadanos confiar hasta el punto de que nadie desee hacerse rico -la riqueza es miedo a la pobreza-, sino que la explotación y el expolio son lo que hace las aportaciones.

Sin saberlo, los occidentales nos hemos convertido en una especie de clase ligeramente aliviada. El flujo de riqueza sigue manteniendo un esquema piramidal; la riqueza fluye en una misma dirección: va desde los pobres hasta los ricos, y nosotros estamos en medio. Los conceptos no han cambiado, sólo han cambiado algunas reglas -más tolerancia, leyes más compasivas, más libertades...- pero la injusticia fundamental del proceso persiste.

La mayor parte de nosotros quizá no se cuestione que hay que llevar ropa puesta, tener un teléfono, ir a comprar al supermercado. Existe una creencia tácita de que estamos en lo mejor que podemos desear. Los occidentales somos en general pacíficamente cerrados con nuestras ideas sobre el vivir. Todas esas formas de consumo son en gran parte resultado de decisiones políticas a gran escala. Si esos planes tuviesen en cuenta por ejemplo la idea de reducir el consumo de carne, ahora mismo quizá muchos occidentales lo tomarían por lo más normal del mundo y sin saber por qué. Porque así es como funcionan muchas cosas. Que la mayor parte de occidentales no se sientan capaces de adoptar esa decisión de forma personal es un dato de una larga lista de costumbres aparentemente inamovibles aunque fuera por compasión. En algunos aspectos, a la población occidental nos están convirtiendo en una especie de fascistas inconscientes: somos injustos con un montón de países del globo pero no lo sabemos. Quizá sea incluso sorprendente que otras culturas no nos hayan invadido violentamente. Aunque de hecho, el extremismo árabe es un síntoma de esto.

No me malinterpretéis: no es que seamos fascistas; quiero decir que nuestras expectativas y valores están muy condicionados, y generalmente estamos desencantados respecto a nuestro poder para cambiar el mundo, lo que nos convierte históricamente en marionetas de la injusticia.

3 comentarios:

  1. Precisamente hoy estaba oyendo la radio cuando oi alguna noticia relacionada con la huelga de transportes y la crisis que se avecina y pense que por primera vez en mi vida era posible que el mundo cambiara de forma brusca (y seguramente a peor)para mi y para muchas personas que como yo nunca han tenido que preocuparse de problemas reales de supervivencia, hambre, etc Todo ello me ha hecho pensar en algo parecido a lo que mencionas de que nos estamos comportando como fascistas en muchos aspectos. Bien yo creo que esos aspectos a los que te refieres son "provocados" por emepresas, gobiernos o entidades con poder e intereses en que las cosas pasen de cierto modo. Tambien me di cuenta de que aunque la mayoria de la gente es buena en principio y no le parece bien que la gente se muera de hambre en otros lugares etc la mayoria de esa gente, si se diera cuenta de qeu para solucionar algunos de esos problemas del mundo tendria qeu renunciar a algo que tiene arraigado y que considera un derecho o algo normal (comer carne, ir en coche, comprar ropa barata hecha por mano de obra esclava y cosas por el estilo) sencillamente no lo harian, y no solo porque sean costumbres arraigadas sino por egoismo. Es una opinion por supuesto.

    ResponderSuprimir
  2. Hoy pensé algo parecido respecto a la huelga de transportes. En ese sentido, si la situación se agravase, el comercio local volvería a ser protagonista y quizá la desaparición de muchos intermediarios. Un amigo mío comentaba que como un día pase algo grave la gente se van comer unos a otros, pero yo le opiné que eso le pasaría a la gente de las ciudades, porque en el campo siempre hay un vegetal o un animal que comer.

    Es cierto lo que dices del egoísmo. Las costumbres arraigadas son difíciles de romper, porque la personalidad tiende a identificarse con ellas. La persona se defiende, unas veces por egoísmo genuíno, otras veces por mera ignorancia de las posibilidades.

    ResponderSuprimir
  3. En el libro "Cultura de Apocalipsis" se explicaba en un artículo que si alguien quisiese borrar la práctica totalidad de la raza humana de la existencia, le bastaría con destruir una treintena de ciudades.

    Reconozcámoslo: la vida en las grandes urbes no es sostenible, es una entelequia. Las urbes, con todas sus hectáreas de suelo (a precios disparatados, todo hay que decirlo) completamente cubierto de asfalto y alquitrán, no son autosuficientes, y dependen por completo del suministro exterior. Por eso la huelga está generando tantos problemas (por eso y porque las personas, muy egoistamente, estan acaparando productos perecederos y desabasteciendo). Todas las veces que he estado en una gran ciudad, he pensado en el desperdicio energético que suponen. Y nio siquiera son sitios agradables para vivir. Mirad Madrid: llegan las vacaciones, y los madrileños huyen en manada.

    Oviedo es una ciudad no demasiado grande, y eso se ha notado con el tema de la huelga. En los supermercados aún hay de todo. Eso sí, la gente se ha lanzado a los supermercados como el que más. Creo que Jose tiene razón: si algo pasase, no nos temblaría la mano para quitarnos el alimento los unos a los otros.

    ResponderSuprimir