viernes, 6 de junio de 2008

Latente


Hay una relación entre disfrutar de la música y el arte y la iluminación. En principio y en teoría, una cultura próspera y libre de preocupaciones fundamentales -como por ejemplo tener que ir a buscar agua, comida, medicinas, ropa o calor en lo salvaje la Madre Natura y sus peligros-, tiene muchas más posibilidades de dedicar tiempo a las necesidades del alma, como pueden ser la música, el arte, el sexo...

Lo que pasa en Navia pasa en mucho sitios. Oh, vaya, ya he empezado a hablar de ello casi como si fuera una enfermedad...en fin, seamos francos: no es ningún hecho la abundancia de iniciativas musicales, en comparación a la proporción del total de población. Hay muchas, y lo digo a veces para defensa y orgullo de l@s inquietos, como si fuera algo sorprendente, pero pensándolo con más claridad, lo que es sorprendente es las pocas que vienen a ser en realidad.

En una sociedad próspera, decía, existe la psoibilidad de conseguir todo lo que se necesita. Lo cierto es que aquí música no falta. Lo que ocurre es que hemos pasado de la escasez de músicos en directo a los tiempos de los reproductores digitales en un tiempo récord y por el camino se han perdido muchas experiencias. Todos los locales deben tener un reproductor de música, de cuanta más calidad y potencia mejor. Esto es la parte buena, pero la mala es que, probablemente el carácter local, no ha generado una constante a partir de las necesidades y costumbres de presenciar buena música en directo.

Navia es uno de esos -tantos y tantos- sitios en que la estadística demuestra que el público es capaz de permanecer estático del principio al final de una actuación musical en directo, por excitante que sea el estilo puesto en escena. ¡Cuántos músicos se habrán quejado e incluso escrito letras sobre esa sensación de encontrarse ante un tribunal hierático, y esa calma tensión de la que no se espera finalmente veredicto! La timidez- -sí, la timidez es lo que nos pasa, por mucho que hagamos vibrar la voz en conversaciones- nos tiene bajo una especie de hechizo que nos hace ver la música en directo como si nunca la hubiésemos visto, como si fuésemos turistas asistiendo a una liturgia desconocida en la que no se nos exige participar. Es, como decía un maestro zen, tener miedo del verdadero dragón: como si estuviésemos acostumbrados a las fotos eróticas y pornográficas, pero en el momento de hallarnos hallando a una mujer desnuda nuestra expresión se esfumase.



En 1992 el grupo de Luarca Sin Nombre publicó una canción y videoclip titulada "Aquí no baila ni Dios".




(Felizmente, lo cierto es que durante el concierto que se grabó para ese videoclip sí que bailamos a gusto)


Que una cosa quede clara: no estoy criticando a la gente como una maruja. Yo también estoy en el saco de esa timidez. Incluso el mismo grupo de esa canción evidencia en el vídeo haber crecido en ese carácter. Se trata de una canción muy significativa.

Tampoco digo que todo el mundo sea el mismo caso, pero hay unas líneas generales de las cuales se hacen eco muchos visitantes. El bailar por estos lares no es cultura. Así de claro. Hay mucha timidez a soltarse. Basta ver que poca es realmente la gente que baila frente a la orquesta en la verbena, y mucha la que queda mirando. Entre los jóvenes, bailar ocurre a partir de un lugar entre la segunda y la cuarta copa, y si es música dance, el baile es a menudo chocantemente estático y cobarde. Aquí la música se vive mentalmente al parecer.

Los visitantes avisan de que la impresión de las noches de marcha es sosa, de gente que sale para hablar. Desde la cabina del DJ uno siente y trata de orquestar las vibraciones de la fiesta: muchas veces termina por conformarse con crear una pantalla sonora excitante para conversaciones. Parece claro que aquí tenemos mucho de qué hablar.

Aquí si bailas estás flipao. Si estás entusiasmado eres un empalmao. Si cortejas sin tabúes eres un salido, un jeta y un buitre. Si crees en visiones de arte, o en el rockandroll, un raro, otro flipao y empalmao. Y así, puedo seguir con muchas cosas -incluyendo las actitudes ante la política local-. En la inercia local, las cosas es mejor hablarlas, ver los toros desde la barrera...pero como hables muy en serio te comes mucho la cabeza, estás rayao. La normalidad es un conformismo en los estándares de conversación. Un mear y no echar gota. Es como una secta. Todo termina quedando latente. Lo suficiente para no desaparecer, y lo justo para estallar de vez en cuando bajo efectos del alcohol. Ese es el proceso por el cual partes del espíritu se convierten en lo contrario de lo que deberían ser.

No es casualidad que la inmensa y aplastante mayoría de los músicos independientes de la zona tiremos hacia el rock más duro, el heavy y el death metal, el punk, o el rap más cabreado, y música cañera y atrevida en general (y diciendo esto me dejo vencer por los estereotipos, como si todo eso fuera muy raro, muy moderno).

Visitad EL AMPLI para comprobarlo.

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